The War of Five Circles

El Adivino

Prólogo III

El objeto embona perfectamente en su mano. Lo había tallado de marfil para su hija. Un ciervo blanco con un listón rojo amarrado en el cuello del que aún pende un cascabel plateado.

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El lugar es como ninguno que él haya visto jamás. Se asemeja más a una concha negra de un cangrejo ermitaño que a un “Casa Diurna”. Así la llamaban todos aquellos que lo habían conducido hacia ella. Ashkar se detuvo frente a la entrada, y cuando desmontó, la membrana obscura de sombras que hacía las veces de puerta se retrajo hacia los bordes abriéndole el camino.

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La persona dentro de Casa Diurna, era monstruosamente grande. Yacía acostada sobre su costado, soportando el peso de su cabeza sobre su palma derecha. Su cuerpo era tan basto que las paredes le obligaban a enroscar su espalda y a mantener ambas piernas unidas rodilla con rodilla. Aquello tenía todas las partes de un hombre, pero su forma era más la de una oruga deforme. Una que se habría comido el centro del fruto hacía siglos y cuya novedosa obesidad le impedía ahora abrirse camino hacia el exterior.

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En el espacio entre la cuna de su pecho y donde comenzaba a brotarle una hinchada barriga había un espacio. En él había un cojín púrpura frente a una mesa de té.

Ashkar tomó asiento…

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Las delgadas manos negras de la criatura eran demasiado frágiles, y de no ser porque era imposible no notar el resto de su cuerpo, cualquiera hubiera descrito aquellas manos como bellas, incluso femeninas.

Antes de hablar, aquel imposible personaje sirvió una copa de vino caliente.

-“Nadie entra aquí por casualidad. Dime, qué es lo que estás buscando.”

Ashkar extendió su mano y entregó la figurilla del ciervo al oscuro personaje frente a él.

-“Esto algún día tuvo un dueño. Quiero saber dónde está.”
-“¡Ah, ya veo! Pero debes saber que lo que pides no es nada fácil. ¿Qué puedo esperar a cambio?”

Después de llevarse todo el vino al estómago en un sólo trago, Ashkar puso la taza sobre la mesa de un golpe, limpió su boca con el dorso de su mano derecha y luego se la extendió a su anfitrión.

-“Un juramento.”
- “¡JAJAJA!”, rió con fuerza el adivino (como algunos le llamaban).
-“Estoy seguro de que quien sea que te dio ese don, no estaría de acuerdo con lo que estás a punto de hacer muchacho.”

La graciosa mano se cerró alrededor de la de Ashkar, y la ilusión de fragilidad se hizo añicos después de su fuerte apretón.

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6onz

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