The War of Five Circles

La Sociedad de las Cuatro Alas

Prólogo I

Después de que todos los niños se habían ido, uno sólo siempre se quedaba sentado sobre la colina mirando hacia el Este. Chev miraba siempre esperando que del resplandor del mar surgiera la silueta del barco sin velas. Esa tarde estaba de suerte.

Chev corrió tan rápido como sus piernas le permitían hacia donde su madre. Durante el camino agitaba con fuerza una bandera que él mismo había diseñado y zurcido con pedazos de tela que le había traído su madre.

Su madre terminaba de recoger la ropa que había dejado al sol cuando él llegó gritando.

“¡Llegaron! ¡El tío Zaro y sus piratas llegaron!”

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Zarlam Chillios era un extraordinario navegante, un talentoso comerciante, y un legendario saqueador de reliquias. Él y sus hombres eran famosos por sus intrépidos viajes hacia todas direcciones y por las numerosas piezas invaluables que habían recuperado a través de los años.

“El destino está allá afuera, esperando”- solía decirle a su tripulación.

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Cuando el tío "Zaro# visitaba a su hermana menor, su sobrino Chev era el más feliz de recibirlo. Saltaba rápidamente a sus brazos para que lo cargara y de inmediato le quitaba el sombrero de la cabeza para ponerlo en la suya.

Zarlam traía siempre algo maravilloso para su familia, alfombras de colores brillantes, plantas que abrían y cerraban sus hojas al tocarlas, joyas que al caer al piso se rompían en cientos de gotas y se volvían a unir en una sola, toda clase de alimentos y dulces hechos con la leche y miel de las tierras “más allá del sol”.

Por la noche el tío Zaro llevaba al exhausto Chev a dormir. Pero antes siempre le contaba una nueva historia. Aquella ocasión le contó sobre los cuatro maestros faisanes:

“Escucha bien Chev, esto me sucedió cuando era un poco mayor que tú. En ese entonces no había caminos hacia Azulvista como ahora y en su lugar había enormes bosques de bambú. A mí me fascinaba caminar por allí, y cada verano lograba adentrarme cada vez más.

Ese día pegué mi oreja contra el suelo, pude sentir las hojas frescas crujiendo, pero más importante que eso… escuché un ronroneo bajo la tierra. Era el sonido de un arroyo subterráneo. Decidí seguirlo y me llevó hasta un claro donde el agua brotaba helada sobre las piedras. Allí escuché una voz que me decía:

‘¡Muchacho, muchacho, ayúdame por favor!’

Caminé hacia donde el sol entraba por entre las ramas, y allí en el centro habían caído varios tallos de bambú. Los tallos se habían quebrado y parecían haber formado una jaula. Dentro de ella había un faisán.

‘¡Sácame de aquí muchacho!’

Asombrado me acerqué a él, aquel no era cualquier faisán. Llevaba su hermoso plumaje multicolor cubierto por una pequeña túnica de seda roja con estampados de carpas y flores doradas. Sobre la cabeza llevaba un tocado como el que ahora usan los contadores y magistrados en Azulvista, y bajo el ala traían consigo un pergamino. Así es Chev, aquel faisán tenía sólo un ala. El pequeño mandarín me contó cómo el espíritu Nando, lo había encerrado en esa jaula y ahora no podía salir.

‘Yo y los otros tenemos un vuelo importante que emprender ¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí por favor!’

Nando era un espíritu cruel, la abuela me había hablado de él. Nando tenía enormes garras. Su pelaje era del color del musgo, y sobre éste había dibujado sus propias rayas para parecerse al espíritu tigre que tanto admiraba. Nando era además un extraordinario poeta. Algunos decía que sus canciones podían escucharse en el bosque si se le ponía atención al viento, otros que por la noche se podía ver su enorme sonrisa con cuatro largos colmillos saliendo hacia los lados de su boca.

Antes de que pudiera poner las manos sobre los barrotes de la jaula, sentí que algo se posaba, como un pétalo o una hoja sobre mi cabeza. Era Nando. Estiró su cuello y sacó su enorme cabeza de entre su túnica para mirarme frente a frente.

‘Este faisán es mío y no te lo puedes llevar a menos de me que dejes algo mejor en su lugar’- dijo.

Sus ojos eran como canicas amarillas sobre las que alguien maliciosamente habría dibujado un espiral negro. Me miraba y sus ojos giratorios me aterraban ¡Pero el miedo jamás se ha apoderado de uno de los Chillios, Chev! Pensé rápido en la canción que mi maestra me había enseñado esa mañana. Era una de las tantas rimas infantiles que nos enseñaban para aprender las estaciones, las monedas, o los árboles del bosque. Tragué un poco de saliva y por fin le dije:

‘Te cambio este faisán por una canción.’
‘¿Ah sí? ¿Qué tiene esta canción de especial? ¿Por qué valdría tanto como mi faisán?’
‘Porque esta es la canción que se canta sobre ti del otro lado del mar.’- dije.
‘¿Del otro lado? ¿Hasta allá ha llegado mi fama?’
‘¡Por supuesto!’
‘¡Pues canta ya! ¿Qué esperas?’- gritó."

Chev salió de sus cobijas emocionado escuchando el relato. El tío Zaro se puso de pie, aclaró su garganta y comenzó a cantar la canción del viejo gato que persigue a los ratones en el campo. Sólo que en todas las estrofas donde había que decir “el viejo gato” lo reemplazaba por “valiente Nando” y a los ratones en el campo los sustituía con “tesoro de su canto”, y por alguna extraña razón las rimas hacían el resto.

“Nando quedó encantado con la canción, y de inmediato comenzó a cantarla también. Bajó su enorme cuerpo y caminando en cuatro patas rodeó la jaula de bambú y la partió de un zarpazo.

‘Llévate al faisán, que no lo quiero ver más.’

Sujeté al faisán entre mis brazos y salí corriendo. Al detenerme ya lejos, me rodearon otros tres faisanes parecidos. Todos con una sola ala y vistiendo las túnicas de importantes funcionarios celestiales. El faisán que había traído conmigo puso su garra sobre mi brazo y dijo.

‘Es tiempo de irnos, para volar necesitamos las alas de los cuatro.’

Los faisanes se juntaron formando un círculo, extendiendo su única ala hacia afuera y se sujetaron uno a otro mordiendo las plumas de sus colas. Ya encadenados comenzaron a correr y al ir ganando velocidad comenzaron a elevarse como un anillo de plumas que subió y subió hasta perderse en el cielo."

Terminado el relato, Zarlam retrajo la manga de su brazo izquierdo y le mostró a Chev el sitio exacto donde el faisán se había posado. Desde ese día había quedado una marca de cuatro alas entrelazadas.

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6onz

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