Rowtag Warborn

Zenith Caste, former priest of another god.

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Cuando los gritos cesaron y la arcilla del río se hubo tornado roja, los soldados de Halta quemaron todo lo que quedaba de la comuna. Los niños sobrevivientes fueron encadenados y forzados a recorrer las cenizas de sus hogares hasta el sitio en donde los esperaban enormes tiendas multicolor.

Los comerciantes del Gremio habían venido desde los Cien Reinos para comprar, y los soldados de Halta estaban dispuestos a proveer. Cuarenta niños cayeron en sus manos ese día. Los hombres del Gremio metieron a los niños en pequeñas celdas rodantes. Allí les esperaban muchos hombres y mujeres moribundos que habían sido adquiridos como ellos a la orilla de un campo de batalla.

Las piernas de los niños pendían de aquellas jaulas en las que la podredumbre crecía con cada día que pasaban en el camino. Más de uno de los esclavos murió encerrado, y su cuerpo permaneció apretujado por los de los demás por días mientras la peste crecía y se hacía insoportable. Sin embargo, todos ellos habían nacido Linowan, y desde muy pequeños fueron preparados para sobrevivir. “El río ya se ha llevado a los débiles”, se decían entre ellos y conseguían soportar un poco más.

Llegó el día en que la caravana se detuvo frente a un gigantesco puente colgante al pie de una cadena de montañas. A punta de lanza sacaron a los esclavos de sus jaulas, y con gritos y latigazos fueron enfilados para ser exhibidos. Uno a uno fueron inspeccionados por un hombre de piel oscura.

-“Tomaré a los niños, el resto no me interesa”

Con un saco de dinares y un apretón de manos cerraron el trato y los niños fueron recibidos a la entrada del puente por cuatro mujeres armadas. Tan pronto la caravana del Gremio reemprendió su viaje, uno de los niños Linowan deslizó sus pies entre los grilletes para escapar. El resto miró atónito cuando una de las mujeres le asestó un tajo en el hombro que lo partió hasta la mitad del pecho.

Con la piel llagada, los ánimos mitigados y el estómago vacío fueron llevados a través del puente hasta un monasterio en la cima de una montaña. A su llegada, las mujeres lavaron sus cuerpos, atendieron sus heridas, les dieron ropa nueva y después de alimentarlos, los niños fueron llevados al altar principal para escuchar su primer sermón:

-“Todo huérfano de guerra renace como hijo de la misma. La guerra les ha dado una nueva vida, y en agradecimiento habrán de dedicársela a ella. Levántense ahora como acólitos de la batalla, desde hoy comienza su educación como sacerdotes de la guerra. Habrán de dominar sus herramientas y recorrerán las tierras bendiciendo el sagrado conflicto entre todos los hombres.”

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-¿Qué es la guerra?
-La guerra es el fuego que forja a la civilización.
-¿Cuál es la primera verdad de la guerra?
-Purifica e inmortaliza todo lo que toca.
-¿Cuál es tu nombre?
-Rowtag.
-¿Cuál es tu oficio?
-Hijo de la guerra.

De los infantes que fueron indoctrinados, sobrevivieron únicamente doce. El duro entrenamiento terminó con el cuerpo o el espíritu de la mayoría. Los sobrevivientes recibieron sus marcas y un arma bendita a manera de bautizo. Al día siguiente fueron asignados para servir en diferentes templos del culto.

Hacía dos años que la Sheikha de Jubalmia se había rehusado a convertirse en consorte del Sheikh Azago Moa. Desde entonces una guerra de lealtad inició entre ambas tribus, cuando los jubalmes juraron impedir a toda costa que su líder perdiera su “noble espíritu” para convertirse en una más de las concubinas del Sheikh.

Azago acudió entonces con los sacerdotes de la guerra y a cambio de diez baúles llenos de riquezas ellos aceptaron poner la balanza de la guerra a su favor. Al reino de Moa fue enviado el sacerdote Rowtag y una veintena de soldados blancos. Rowtag realizó los ritos para honrar a Ahlat y a Sunipa, luego elevó las plegarias con las que llamaría el favor de los espíritus combatientes y a los carroñeros hambrientos. Del ritual Rowtag obtuvo una ceniza escarlata que colocó en todas las armaduras de los hombres del Sheikh. La noche antes de la batalla Rowtag caminó los bordes entre ambas tierras en conflicto y cantó épicas de triunfo para el ejército de Azago.

Al amanecer se encontraron los ejércitos y entre las banderas del Sheikh se izaron también las plegarias de guerra compradas al culto. Los jubalmes saltaron al combate ahullando y agitando sus cimitarras. Las fuerzas del Sheikh esperaron entonces a que el sacerdote tomara la primera sangre de la batalla, y cuando vieron la primera gota escurrir de su espada se abalanzaron contra sus enemigos.

Los soldados de Azago arrasaron con los jubalmes ese día, muchas canciones se compondrían sobre lo ocurrido durante la batalla. Para antes del atardecer Jubalmia había sido tomada y las puertas del palacio de la Sheikha derribadas por completo. El Sheikh Azago en persona entró a la cámara entonces, sus hombres habían regado el piso con la sangre de los guardias y ahora sólo la Sheikha quedaba con vida. Dos soldados le habían arrancado la ropa y la sostenían de los brazos. Cuando Azago estuvo frente a ella, el soldado a su izquierda le pateó las piernas para arrodillarla. Allí, derrotada y humillada, el Sheikh le dio una última oportunidad para convertirse en su mujer. Ella lo miró desafiante, pero desvió entonces su mirada hacia los cuerpos de su gente que yacían masacrados por todas partes. La Sheikha de Jubalmia pensó en los suyos y aceptó.

-“¿En verdad crees que después de todos los problemas que me has causado seguiría interesado en ti? No más, todo esto ha sido una diversión ¡Que sirva de ejemplo para todas las otras tribus sobre lo que ocurre cuando intentan negarme lo que desde siempre ha sido mío!”

El Sheikh Azago Moa asesinó a la Sheikha frente a todos sus hombres. Embrutecido por el triunfo y el poder, el Sheikh no dudó en dejar salir lo más cruel de sí mismo. Rowtag atestiguó las atrocidades cometidas esa noche y dejó Jubalmia al amanecer.

¿Es este el verdadero rostro de la guerra?

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A su regreso, Rowtag fue condecorado con una “victoria” y llevado a orar ante el altar de la guerra. Sin embargo, su mente jamás logró alcanzar el silencio necesario. Imágenes del brutal asesinato de la Sheikha atormentaron sus sueños durante los siguientes días. En sus pesadillas vio a la joven desnuda como cuando la presentaron ante el Sheikh, indefensa pero furiosa, mirando a su conquistador con el odio de toda su tribu, y pudo verse en ella.
Una intensa fiebre tomó el cuerpo de Rowtag por una semana, tiempo en que estuvo atrapado entre violentas alucinaciones. Cuando la fiebre disminuyó, el sacerdote reconoció sus actos como un error y perdió toda fe en el culto que lo había adoptado.

Con el corazón roto, aquel que sólo había conocido una verdad en la vida, caminó tambaleante desde sus aposentos y salió del templo.

Gudahi, quien hubiera llegado junto con Rowtag cuando niños, fue quien lo interceptó.

-“Hermano Row, no puedes dejar el templo a menos que vayas hacia la madre guerra.”
-“Ya no pertenezco a este lugar. Todo el culto es una mentira.”
-“Si insistes en salir y negar las verdades de la guerra, tendré que matarte Rowtag.”
-“Haz lo que puedas, que no será suficiente.”

Esos a quienes la guerra hermanó durante años se vieron las caras en duelo mortal, los filos de sus espadas de confrontaron sin piedad. Al final fue la espada de Rowtag la que rompería la guardia de Gudahi. El frío filo del arma apenas cortó la superficie de su cuello, y no más. Rowtag dejó caer el arma al suelo y se marchó, dejando a Gudahi vivo detrás.

Mientras se alejaba del templo, gruesas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

-“¿Es este el abrazo de la compasión?”

La frente de Rowtag comenzó a brillar con una cálida luz dorada, y pudo sentir por primera vez la palma de un padre cariñoso sobre su hombro.

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Rowtag se perdió durante mucho tiempo. Seguramente el culto de la guerra le habría puesto precio a su cabeza y lo habrían declarado apóstata para ahora. Rowtag se convirtió en un ermitaño y se dedicó enteramente a meditar y reparar su espíritu.

Poco sabía aún, de las leyendas que se contarán sobre él.

Rowtag Warborn

The War of Five Circles 6onz