The War of Five Circles

Azulvista
Introducción

En la playa las olas del Mar de los Sueños rompen contra la estatua de Dorina. La primera mujer que llegó a la costa en compañía de sus nueve hijos. Para cuando los primeros trazos de la mañana anuncian la salida del sol, los campesinos ya recorren los caminos hacia los campos de palmas y a los frutales. Los pescadores terminan de lanzar sus redes y esperan pacientes la ganancia del día. En el cielo, las espesas nubes que vienen del otro lado del mar se acercan lentamente al pico del Kurmaraja.

Para cuando el sol cae sobre la cara de aquellos a quienes la noche anterior dejó náufragos en alguna de las casas de vino, Azulvista ya se ha convertido en un desfile de formas y colores que recorren sus calles. Mujeres vestidas con floridas telas sobre sus cuerpos de piel bronceada cargan canastos y jarrones sobre sus cabezas con pericia ancestral. Algunas encabezan grupos de niños pequeños a los que guían hasta los altares-escuela, donde las monjas de Perlostra esperan junto a enormes ábacos de coral. Los voluntarios que componen la guardia del día comienzan a merodear montados sobre los pequeños caballos estriados. Llevan al cinto una bastón pintado de rojo como señal de su autoridad.

En la puerta norte, desde el camino que conduce hacia Solrisco un forastero muestra el pasaporte que lo acredita como embajador de Whitewall.

Al mismo tiempo Abita termina de barrer la entrada de la casa de té cuando Nisha abre las cortinas de la puerta para anunciarles a todos un nuevo día de servicio.

Mientras tanto en las haciendas del muelle, Chev ha subido al faro desde donde mira al horizonte y espera la llegada del barco sin velas que llega cada año.

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El Adivino
Prólogo III

El objeto embona perfectamente en su mano. Lo había tallado de marfil para su hija. Un ciervo blanco con un listón rojo amarrado en el cuello del que aún pende un cascabel plateado.

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El lugar es como ninguno que él haya visto jamás. Se asemeja más a una concha negra de un cangrejo ermitaño que a un “Casa Diurna”. Así la llamaban todos aquellos que lo habían conducido hacia ella. Ashkar se detuvo frente a la entrada, y cuando desmontó, la membrana obscura de sombras que hacía las veces de puerta se retrajo hacia los bordes abriéndole el camino.

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La persona dentro de Casa Diurna, era monstruosamente grande. Yacía acostada sobre su costado, soportando el peso de su cabeza sobre su palma derecha. Su cuerpo era tan basto que las paredes le obligaban a enroscar su espalda y a mantener ambas piernas unidas rodilla con rodilla. Aquello tenía todas las partes de un hombre, pero su forma era más la de una oruga deforme. Una que se habría comido el centro del fruto hacía siglos y cuya novedosa obesidad le impedía ahora abrirse camino hacia el exterior.

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En el espacio entre la cuna de su pecho y donde comenzaba a brotarle una hinchada barriga había un espacio. En él había un cojín púrpura frente a una mesa de té.

Ashkar tomó asiento…

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Las delgadas manos negras de la criatura eran demasiado frágiles, y de no ser porque era imposible no notar el resto de su cuerpo, cualquiera hubiera descrito aquellas manos como bellas, incluso femeninas.

Antes de hablar, aquel imposible personaje sirvió una copa de vino caliente.

-“Nadie entra aquí por casualidad. Dime, qué es lo que estás buscando.”

Ashkar extendió su mano y entregó la figurilla del ciervo al oscuro personaje frente a él.

-“Esto algún día tuvo un dueño. Quiero saber dónde está.”
-“¡Ah, ya veo! Pero debes saber que lo que pides no es nada fácil. ¿Qué puedo esperar a cambio?”

Después de llevarse todo el vino al estómago en un sólo trago, Ashkar puso la taza sobre la mesa de un golpe, limpió su boca con el dorso de su mano derecha y luego se la extendió a su anfitrión.

-“Un juramento.”
- “¡JAJAJA!”, rió con fuerza el adivino (como algunos le llamaban).
-“Estoy seguro de que quien sea que te dio ese don, no estaría de acuerdo con lo que estás a punto de hacer muchacho.”

La graciosa mano se cerró alrededor de la de Ashkar, y la ilusión de fragilidad se hizo añicos después de su fuerte apretón.

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La Casa de Té
Prólogo II

La lluvia comenzaba a ceder y el trote chasqueante de pisadas de caballos sobre el fango se escuchaba cada vez mejor. Cinco jinetes se acercaban a la casa de té de Azulvista. Todos cubiertos con capas de paja para protegerse de la lluvia.

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Las cortinas de la entrada se abrieron bruscamente para dejar entrar a un hombre empapado envuelto en una capa sucia y desgarrada.

Nisha sabía discernir el pasado de cualquier visitante por el “color del aroma” que arrastraba consigo al entrar. Liz y dorado, ministro menor de Solrisco; magnolia y durazno, monja novicia de Perlostra; opiáceos y marrón, príncipe del Gremio con demasiado dinero.

El extraño personaje traía consigo la brillante y translúcida fragancia del Mar de los Sueños. Había además algo más en su aroma, algo familiar pero a la vez completamente nuevo. Nisha titubeó un instante tratando de descifrar al forastero mientras se pegaba una charola de latón con ambas manos sobre el vientre.

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El líder de los jinetes arrancó las cortinas de la entrada de la casa de té y caminó con su hombres al interior. Una mesera se acercó a recibirlos, pero antes de que pudiera recitar el saludo de cortesía, el líder de los jinetes la derribó de una bofetada.

“Buscamos al monje desertor.”

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Nisha apareció cargando una tetera caliente sobre su charola de latón. Miró a su compañera en el piso y se acercó a los hombres. Sus armaduras sucias, el aroma fétido de campamento, así como su acento los delataron como soldados de la Legión Bermellón. Aquel que había hablado dio un paso hacia Nisha y extendió su mano para tomarla del cuello. En el instante exacto en el que él esperaba que sus dedos hicieran contacto con la piel de la joven, Nisha tropezó. Su cuerpo se balanceó cayendo, y la mano del soldado la esquivó por completo. Los pies de Nisha se habían enredado con la alfombra de la entrada. La punta del derecho intentaba dar un paso, mientras que el otro se resbalaba arrastraba el resto de la alfombra consigo. El tirón de la alfombra desbalanceó al soldado durante su avance, y el peso de su cuerpo hizo el trabajo de arrastrarlo hacia el suelo. Manoteando durante su caída el soldado golpeó la charola de Nisha y esta y la tetera salieron volando. La escena era cómica, pero sobre todo tenía el aspecto de un accidente bastante natural.

Rápidamente Nisha recogió ambos pies de un salto y cayó graciosamente en cuclillas junto al soldado que yacía en el piso. Cuando el soldado volteó hacia arriba vio cómo Nisha atrapaba la tetera exactamente sobre su cabeza. Sólo un pequeño chorro de te hirviendo alcanzó a caerle junto a los ojos (si Nisha lo hubiera querido, hubiera sido la tetera completa por supuesto). Humillado y conteniéndose las lágrimas por la pequeña, pero suficientemente dolorosa, quemadura, el soldado estaba completamente confundido.

Nisha puso la tetera y la charola de inmediato sobre la mesa más cercana y se apuró a ayudar al soldado. Con un pañuelo en la mano y una sonrisa lo desarmó por completo de su altanería inicial.

“Adelante nobles guerreros, son libres de buscar a quien sea en nuestra casa de té.”

El resto de los soldados turnaba su mirada entre el rostro sonriente de Nisha y el de su comandante levantándose del suelo. Una vez de pie, el comandante reafirmó la sugerencia de la chica con su orden ¿O había sido al revés?

“Háganlo.”- dijo él.

Los soldados revisaron por todas partes, pero no encontraron lo que buscaban. La actitud de los comensales y de las meseras se mantuvo segura todo el tiempo. Al final se retiraron casi como si los hubieran reprimido por su mala actitud. De regreso a su campamento de seguro comenzarían los rumores del ridículo que habían pasado aquella tarde.

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Ya en la noche, Nisha subió a la azotea de la casa de té. Llevó consigo vendas, agua caliente y panecillos de frijol. El extraño lavó sus heridas y comió a placer.

“Gracias. Seguramente quieres saber por qué me buscaban esos hombres.”
“En realidad no.”
“¿No?”
“Eran de la Legión Bermellón. Seguramente tenían malas razones para hacerlo.”
“Estoy en deuda contigo. Si los soldados regresan, o si necesitas mi ayuda. Búscame en el Kurmaraja.”
“¿Eres de la Orden Inmaculada?”
“No.”
“¿No?”
“De una orden mucho peor…”

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La Sociedad de las Cuatro Alas
Prólogo I

Después de que todos los niños se habían ido, uno sólo siempre se quedaba sentado sobre la colina mirando hacia el Este. Chev miraba siempre esperando que del resplandor del mar surgiera la silueta del barco sin velas. Esa tarde estaba de suerte.

Chev corrió tan rápido como sus piernas le permitían hacia donde su madre. Durante el camino agitaba con fuerza una bandera que él mismo había diseñado y zurcido con pedazos de tela que le había traído su madre.

Su madre terminaba de recoger la ropa que había dejado al sol cuando él llegó gritando.

“¡Llegaron! ¡El tío Zaro y sus piratas llegaron!”

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Zarlam Chillios era un extraordinario navegante, un talentoso comerciante, y un legendario saqueador de reliquias. Él y sus hombres eran famosos por sus intrépidos viajes hacia todas direcciones y por las numerosas piezas invaluables que habían recuperado a través de los años.

“El destino está allá afuera, esperando”- solía decirle a su tripulación.

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Cuando el tío "Zaro# visitaba a su hermana menor, su sobrino Chev era el más feliz de recibirlo. Saltaba rápidamente a sus brazos para que lo cargara y de inmediato le quitaba el sombrero de la cabeza para ponerlo en la suya.

Zarlam traía siempre algo maravilloso para su familia, alfombras de colores brillantes, plantas que abrían y cerraban sus hojas al tocarlas, joyas que al caer al piso se rompían en cientos de gotas y se volvían a unir en una sola, toda clase de alimentos y dulces hechos con la leche y miel de las tierras “más allá del sol”.

Por la noche el tío Zaro llevaba al exhausto Chev a dormir. Pero antes siempre le contaba una nueva historia. Aquella ocasión le contó sobre los cuatro maestros faisanes:

“Escucha bien Chev, esto me sucedió cuando era un poco mayor que tú. En ese entonces no había caminos hacia Azulvista como ahora y en su lugar había enormes bosques de bambú. A mí me fascinaba caminar por allí, y cada verano lograba adentrarme cada vez más.

Ese día pegué mi oreja contra el suelo, pude sentir las hojas frescas crujiendo, pero más importante que eso… escuché un ronroneo bajo la tierra. Era el sonido de un arroyo subterráneo. Decidí seguirlo y me llevó hasta un claro donde el agua brotaba helada sobre las piedras. Allí escuché una voz que me decía:

‘¡Muchacho, muchacho, ayúdame por favor!’

Caminé hacia donde el sol entraba por entre las ramas, y allí en el centro habían caído varios tallos de bambú. Los tallos se habían quebrado y parecían haber formado una jaula. Dentro de ella había un faisán.

‘¡Sácame de aquí muchacho!’

Asombrado me acerqué a él, aquel no era cualquier faisán. Llevaba su hermoso plumaje multicolor cubierto por una pequeña túnica de seda roja con estampados de carpas y flores doradas. Sobre la cabeza llevaba un tocado como el que ahora usan los contadores y magistrados en Azulvista, y bajo el ala traían consigo un pergamino. Así es Chev, aquel faisán tenía sólo un ala. El pequeño mandarín me contó cómo el espíritu Nando, lo había encerrado en esa jaula y ahora no podía salir.

‘Yo y los otros tenemos un vuelo importante que emprender ¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí por favor!’

Nando era un espíritu cruel, la abuela me había hablado de él. Nando tenía enormes garras. Su pelaje era del color del musgo, y sobre éste había dibujado sus propias rayas para parecerse al espíritu tigre que tanto admiraba. Nando era además un extraordinario poeta. Algunos decía que sus canciones podían escucharse en el bosque si se le ponía atención al viento, otros que por la noche se podía ver su enorme sonrisa con cuatro largos colmillos saliendo hacia los lados de su boca.

Antes de que pudiera poner las manos sobre los barrotes de la jaula, sentí que algo se posaba, como un pétalo o una hoja sobre mi cabeza. Era Nando. Estiró su cuello y sacó su enorme cabeza de entre su túnica para mirarme frente a frente.

‘Este faisán es mío y no te lo puedes llevar a menos de me que dejes algo mejor en su lugar’- dijo.

Sus ojos eran como canicas amarillas sobre las que alguien maliciosamente habría dibujado un espiral negro. Me miraba y sus ojos giratorios me aterraban ¡Pero el miedo jamás se ha apoderado de uno de los Chillios, Chev! Pensé rápido en la canción que mi maestra me había enseñado esa mañana. Era una de las tantas rimas infantiles que nos enseñaban para aprender las estaciones, las monedas, o los árboles del bosque. Tragué un poco de saliva y por fin le dije:

‘Te cambio este faisán por una canción.’
‘¿Ah sí? ¿Qué tiene esta canción de especial? ¿Por qué valdría tanto como mi faisán?’
‘Porque esta es la canción que se canta sobre ti del otro lado del mar.’- dije.
‘¿Del otro lado? ¿Hasta allá ha llegado mi fama?’
‘¡Por supuesto!’
‘¡Pues canta ya! ¿Qué esperas?’- gritó."

Chev salió de sus cobijas emocionado escuchando el relato. El tío Zaro se puso de pie, aclaró su garganta y comenzó a cantar la canción del viejo gato que persigue a los ratones en el campo. Sólo que en todas las estrofas donde había que decir “el viejo gato” lo reemplazaba por “valiente Nando” y a los ratones en el campo los sustituía con “tesoro de su canto”, y por alguna extraña razón las rimas hacían el resto.

“Nando quedó encantado con la canción, y de inmediato comenzó a cantarla también. Bajó su enorme cuerpo y caminando en cuatro patas rodeó la jaula de bambú y la partió de un zarpazo.

‘Llévate al faisán, que no lo quiero ver más.’

Sujeté al faisán entre mis brazos y salí corriendo. Al detenerme ya lejos, me rodearon otros tres faisanes parecidos. Todos con una sola ala y vistiendo las túnicas de importantes funcionarios celestiales. El faisán que había traído conmigo puso su garra sobre mi brazo y dijo.

‘Es tiempo de irnos, para volar necesitamos las alas de los cuatro.’

Los faisanes se juntaron formando un círculo, extendiendo su única ala hacia afuera y se sujetaron uno a otro mordiendo las plumas de sus colas. Ya encadenados comenzaron a correr y al ir ganando velocidad comenzaron a elevarse como un anillo de plumas que subió y subió hasta perderse en el cielo."

Terminado el relato, Zarlam retrajo la manga de su brazo izquierdo y le mostró a Chev el sitio exacto donde el faisán se había posado. Desde ese día había quedado una marca de cuatro alas entrelazadas.

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